Con más de cinco décadas en la apicultura, Norberto Gorosito repasó su historia junto a Frecuencia Agropecuaria, dejando una mirada profunda sobre el valor del trabajo, la comunidad y el futuro del sector. Entre recuerdos, enseñanzas y convicciones, su voz refleja el espíritu de una actividad que trasciende generaciones.

En el corazón de la segunda Expo Apícola y el noveno encuentro de abejas reina, en el apiario Bover, hay figuras que no necesitan presentación. Caminan despacio, saludan a todos, se detienen a charlar y, sin buscarlo, se transforman en referencia. Así se lo vio a Norberto Gorosito, quien dialogó con Frecuencia Agropecuaria en una jornada atravesada por la técnica, la producción, pero también por la memoria y la emoción.

Con más de 55 años ligados a la apicultura, Gorosito no habla desde los libros ni desde estadísticas, sino desde la experiencia de vida. “Toda mi vida estuvo ligada a las colmenas”, resume, recordando sus inicios a los 17 años como empleado en General Belgrano, su paso por empresas y luego su etapa independiente. Una trayectoria extensa que, como él mismo define con sencillez, terminó cuando decidió dar un paso al costado:

“Antes que ellas me dejen a mí, yo las dejé a ellas”.

Pero dejar la actividad no implicó alejarse. La apicultura, en su caso, es mucho más que un trabajo: es identidad. Es historia familiar, vínculos, y también compromiso con la comunidad. Parte de la familia fundadora del CEPT N°1, Gorosito sigue ligado a la educación rural, a la pedagogía de la alternancia y a ese entramado social que se construye en los pueblos del interior. “Es un pedazo de mi corazón”, dice, al referirse tanto a las colmenas como a ese camino recorrido.

En su relato aparece también otra faceta: la política. Sin formación académica más allá de la escuela primaria, pero con una enorme capacidad de aprendizaje basada en la curiosidad y el trabajo, su recorrido lo llevó a ocupar un lugar en el Consejo Escolar de General Belgrano. “Yo soy como soy, no voy a cambiar por tener un cargo”, afirma, dejando en claro que su forma de hacer política siempre estuvo atravesada por su origen y su experiencia en el campo.

Esa mirada práctica se traslada también a su análisis del presente apícola. Para Gorosito, la actividad “goza de buena salud” gracias al esfuerzo de los productores, aunque advierte que no siempre ese esfuerzo tiene la recompensa económica esperada. En ese punto, remarca la necesidad de una mayor presencia del Estado, no solo para la apicultura, sino para todas las economías productivas que sostienen a las familias del interior.

Al mismo tiempo, pone en valor el avance genético, el trabajo en sanidad y el potencial de regiones como la cuenca del río Salado. Sin embargo, no esquiva los desafíos: la competencia con la agricultura intensiva, el uso de agroquímicos y la dependencia de factores climáticos siguen siendo variables determinantes. “La lucha continúa”, resume, con una mezcla de realismo y perseverancia.

Uno de los ejes más fuertes de su mensaje aparece cuando habla del recambio generacional. Gorosito insiste en la necesidad de que los jóvenes se acerquen a la actividad, se capaciten y entiendan el valor del trabajo como motor de desarrollo. “El trabajo tiene que ser el generador del bienestar de una familia”, señala, y agrega que la apicultura no solo produce miel, sino que también fortalece las economías locales: todo lo que genera, queda en el pueblo.

En ese sentido, deja una reflexión que sintetiza su filosofía: la importancia de lo colectivo. “Hay que copiarse de las abejas”, dice, en referencia al trabajo en conjunto, al esfuerzo compartido y a la construcción comunitaria. Una idea simple, pero profundamente ligada a su propia historia.

Con más de ocho décadas de vida, Gorosito sigue recorriendo apiarios, reencontrándose con viejos conocidos, recordando a quienes ya no están y celebrando que nuevas generaciones continúen el camino. Su figura resume, de alguna manera, el espíritu de la apicultura: constancia, trabajo silencioso y una pasión que no se apaga con el tiempo.

Porque, como él mismo deja entrever, hay actividades que no se abandonan nunca del todo. Y la apicultura, cuando se lleva en el alma, es una de ellas.