María Cristina Gómez, apicultora de Lamarque y referente de la cabaña Antünei, combina producción, exportación de reinas y docencia para impulsar el crecimiento del sector. Su historia refleja el potencial de la apicultura argentina y el desafío de sumar nuevas generaciones.
En el marco de la Exposición Apícola y el Noveno Encuentro de Criadores de Abejas Reina, realizados en General Belgrano, María Cristina Gómez dialogó con Frecuencia Agropecuaria sobre su recorrido en la actividad, su experiencia exportando material vivo a Europa y su fuerte compromiso con la formación de nuevos apicultores.
Docente de lengua y literatura de profesión, Cristina encontró en la apicultura mucho más que una alternativa productiva: una forma de vida.
“No es solamente un medio de vida, la abeja te ayuda a vivir mejor”, resume.
Radicada en Lamarque, en el Valle Medio de Río Negro, Cristina lleva adelante la cabaña Antünei, dedicada a la producción de material vivo, especialmente abejas reina. Su ingreso a la actividad fue gradual, pero con el tiempo se transformó en una vocación profunda.
“La abeja es parte de la vida del ser humano. Sin abejas no tendríamos alimentos, no existiría la polinización que permite producir frutas y verduras”, explica, poniendo en valor el rol estratégico del sector.
Uno de los ejes centrales de su mirada es la importancia de la polinización, tanto para la agricultura como para la ganadería. Según detalla, la intervención de las abejas puede mejorar significativamente los rendimientos productivos.
En cultivos como almendros, por ejemplo, la polinización puede incrementar la producción hasta en un 20%. En Argentina, también se observan impactos positivos en cultivos como la colza y en la producción de semillas de alfalfa.
“Está demostrado que el aporte del apicultor mejora la producción, pero muchas veces no está reconocido como debería”, señala.
El salto hacia la exportación llegó en 2010, durante un congreso internacional de apicultura. A partir de un contacto generado allí, comenzó a proveer abejas reina a Europa.
“Nos pidieron 2.000 reinas carniolas y así empezamos. Durante varios años exportamos ese volumen”, recuerda.
Desde la cabaña Antünei trabajan con genética adaptada a distintos climas, incluyendo la abeja carniola —ideal para zonas frías— y líneas híbridas. Este desarrollo posiciona a la apicultura argentina como un actor competitivo a nivel internacional.
“El mundo viene a buscar las abejas argentinas y también nuestra forma de trabajar”, destaca.
Formar para crecer: el desafío de sumar jóvenes
Actualmente, uno de sus principales enfoques está puesto en la capacitación. María Cristina impulsa la incorporación de nuevos apicultores, especialmente jóvenes, convencida de que el futuro del sector depende de ese recambio generacional.
“Hay que perderle el miedo. Se puede hacer como actividad principal o complementaria, pero es un trabajo que da resultados”, afirma.
Además, resalta los beneficios integrales de la actividad:
“La abeja te da salud, no solo por los productos de la colmena, sino porque trabajar con ellas transmite tranquilidad”.
En un contexto donde la demanda global crece, además sostiene que la apicultura argentina tiene amplias oportunidades de desarrollo.
“Tenemos que organizarnos mejor y generar más oportunidades. El mercado va a ser amplio, y lo van a aprovechar las próximas generaciones”, proyecta.
Con una visión que combina producción, conocimiento y compromiso social, su historia sintetiza el potencial de una actividad que, como ella misma define, va mucho más allá de lo productivo:
“Cada vez que analizás a la abeja, entendés que es un insecto extraordinario. Trabajar con ellas es una satisfacción”.

